5.10.04

Los Inusuales (Vol. 4)


“Te veré dentro de una semana en
el puente de siempre, a la hora de siempre.
No digas nada a nadie.
V. “

L. despertó entre las sábanas blancas de la usual habitación citadina, leyó la nota que V. le había dejado en el buró y la rompió en pequeños pedazos mientras abandonaba sus sueños nocturnos en su almohada y recobraba la conciencia mientras la luz de la mañana se filtraba por las persianas del balcón.

La situación no era algo fuera de lo común.
Para V. y L. era costumbre separarse el uno del otro por algún tiempo, ya fuera por necesidad laboral o familiar, o simplemente por disfrutar un tiempo a solas; de cualquier modo siempre habría una nota matutina que informara las causas de la situación, junto con algún enunciado que indicara el regreso del ausente.
El objetivo, al fin y al cabo, era descargar, entre el silencio y la soledad posible, algún problema que pudiera causar entre ambos cualquier discusión banal y a fin de cuentas sin sentido alguno.
No importaba lo que, separados el uno del otro, pudieran hacer; al final de cada etapa de ausencia siempre se reunirían y relatarían con la usual tranquilidad, cada detalle de lo que habían hecho en su tiempo separados.

Aquella ocasión L. no pudo inferir causa alguna por la que V. hubiera partido y aquello, entre el regular trabajo de oficina y las comunes personas, lo mataba por dentro. L. era una persona tan paciente como V. pero esperar aquel rencuentro no era algo que le agradara, aún menos cuando no sabía lo que pasaba; comúnmente se podía decir que tenía un mal presentimiento; sin embargo, L. sabía que aquellos sentimientos no servirían de nada y lo único que podía hacer era esperar en una usual semana.

.

El día acordado llegó, era un domingo, ya casi caía la noche y las gruesas nubes, acompañadas de una tenue luz, advertían el esplendor de la época de lluvias.
Antes de ir a su encuentro y mientras terminaba una fuerte lluvia, L. circuló por una vieja avenida empedrada hasta llegar a un viejo y extenso parque público, inmerso entre viejos edificios y avenidas importantes.
Al cruzar el parque pudo observar cómo la gente se aproximaba a un crucero cercano, al parecer algún vagabundo había sido atropellado. L. no prestó mucha atención a la muchedumbre o al húmedo cadáver; sin embargo, una vez que se aproximaba hacia el puente en el que vería a V., lo asaltó una idea: la idea de su muerte.
L., por motivos lógicos para su razón, no se molestaba en pensar que tendría alguna vida espiritual después de la muerte; sin embargo, el modo en que moriría y las posibles consecuencias que traería lo inquietaban intensamente.
Mientras esperaba a V. y una leve llovizna comenzaba de nuevo, indagaba en su mente más y más; tanto, como para finalmente concluir que realmente su muerte no impactaría a tantas personas pues creyó que realmente sólo a una persona le haría falta: V.
Fuera en la manera que fuera, sentimental o no, algún día V. lo recordaría y lamentaría su muerte en algún aspecto; pero sería la única.
Al cabo de un rato, L. interrumpió sus pensamientos para percatarse de que la lluvia incrementaba considerablemente; pero lo que le consternaba en realidad era que la noche caía con rapidez y V. no aparecía.
Entre gotas de lluvia y cigarros consumidos, L. esperó hasta la mañana del siguiente día: V. nunca llegó.
Al regresar a su departamento, se dio cuenta de que había un mensaje en la máquina contestadora. Indicó la reproducción del mensaje mientras se quitaba la ropa mojada y una vez terminado el mensaje, pasó un largo instante antes de que L. pudiera moverse para secar la lágrima que había corrido por su mejilla. V. había muerto en un accidente automovilístico en el Taxi que había tomado rumbo al puente del encuentro.

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Una vez identificado el cuerpo, se incineraron los restos de V. sin vestigio de tradición religiosa alguna y L. los esparció en los bosques del norte. No le sorprendió a L. ver que nadie más que él había velado la ausencia perpetua de V., pues no tenía familia que la reconociera o amigos que consideraran prioritario huir de su trabajo para despedir a V.

L. alguna vez leyó de un escritor renombrado, que el hombre nace varias veces en la vida, que su vida se da a luz cuando él se lo propone o lo amerita; en este caso, L. pensó que a pesar de que su corazón seguía latiendo, el ya había muerto y se había esparcido a él mismo junto con V.

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Al cabo de unos días, la cuestión y la conciencia llegaron levemente una vez más a la mente de L. cuando, hastiado por la resaca de su ebriedad y con ojeras enormes por los días sin dormir, recibió por correo un sobre procedente de algún hospital.

L. observó con curiosidad aquel envío y lo abrió con ansiedad mayor cuando se dio cuenta que estaba dirigido para V.
Eran los resultados de unos estudios médicos que V. se había realizado en su etapa ausente. V. tenia VIH y había avanzado en aquellos días hasta la etapa “sintomática precoz” para evolucionar finalmente hasta el SIDA.
L. no supo que pensar; probablemente cuando V. comenzó a tener los síntomas regulares, sospechó de la amenaza y no quiso informarle a L. hasta que tuviera la seguridad de tal sospecha; por eso se había desaparecido aquella semana y para cuando llegaran los resultados ambos abrirían juntos el sobre; no temiendo a la muerte, sino a enfrentando la falta que le haría el uno al otro.
“Esto es la inercia de la inexistencia. La paradoja de nuestra presencia.”, pensó L. mientras rompía en pedazos los resultados.
Y sentado en el borde de la cama, fumando con la espalda descubierta y con la suciedad corporal de días, pensaba en su devenir.
Ahora estaba solo, ya no tenía lastres humanos o abstractos que lo ataran a algo o a alguien; talvez nunca había sido tan libre en su vida pero sabía que, por lógica, él también portaba aquel virus inmunológico y que talvez algún día le robaría el palpitar de su vida; sin embargo, por aquel momento, se encontraba suspendido en una habitación en medio de la nada; temiendo, pensando y muriendo; pero esperando, sólo esperando…
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31.8.04

El Pasivo


(Este texto está dedicado a las personas que puedan interpretar correctamente el título del mismo)

Un hombre que no piensa en vivir antes de morir, sino en ser un muerto que agoniza viviendo.
Se sienta en medio de sus cuatro paredes favoritas, en las pequeñas paredes que limitan en aquel momento el universo de su mente, piensa algunas palabras que lo trasportan en pensamiento a ciertas situaciones o imágenes y las escribe con una vieja máquina de escribir descuidada, toma una pausa y enciende un cigarrillo.
Piensa en lo que puede significar su existencia y no encuentra respuesta. Se encuentra solo por casualidades de sus actos y no espera encontrarse acompañado en un futuro cercano o lejano alguno. Aquel hombre decide morir poco a poco, escurriendo y esfumando la animación de sus entrañas con los pocos líquidos y cigarrillos que encuentra en su recinto descuidado y olvidado.
Muere lentamente por convicción y sin esperanza, teniendo en mente sólo su devenir mortal.
Se para frente a la ventana y observa.
Recuerda el momento en el que renunció a su trabajo como escritor semanal y vuelve por un momento a observar las imágenes tras la ventana con la mente en blanco y la mirada en el vacío.
De súbito, un auto se estrella en un poste del crucero que se observa desde su ventana, el auto se destroza de una manera descomunal debido a la velocidad que el posible ebrio conductor dirigía y nadie está en las cercanías nocturnas para ayudar a la victima piloto.
Aquel hombre observa por la ventana, no se mueve por un momento, inhala, exhala, titubea un poco.
Él no sabe de cierto si aquel conductor se encuentra muerto entre la noche y su auto destrozado; piensa en bajar y descubrirlo, ayudar en lo que pueda y así poder trascender en alguna persona con su acción comunitaria y heroica.
Sus impulsos alcanzan, en un lapso de algunos segundos, su cuerpo y se dirige hacia la puerta para poder lograr su cometido. Da la vuelta a la manija de la puerta de su departamento y un estruendo lo detiene, vuelve hacia la ventana inicial y observa aquel auto y a su conductor en llamas.
No pudo hacer nada.
Él tuvo la intención, el propósito y el pensamiento de ayudar, de poder cambiar el curso de algo en su universo, el curso de tan sólo una existencia; sin embargo, su pensamiento y convicción no fueron suficientes.
Intentó cambiar algo, pero después de encontrar un resultado posiblemente anticipado a su voluntad, se da cuenta de que no puede, talvez nunca hubiera, y no podrá cambiar nada.
Siente coraje, no por la desgracia del cadáver que se calcina en las cercanías de su hogar, sino por su impotencia existencial; primero, repasa el pensamiento existencial de que él puede cambiar su vida conforme a sus decisiones y a su actos, sin embargo el hecho de no poder hacerlo lo llena de coraje y desesperanza.
Aquel cadáver le causa celos: Aquel hombre tuvo la oportunidad de morir y él no la tiene aún. La situación lo incita a reincorporarse a su máquina de escribir y escribe algunas palabras más, aún sabiendo que talvez aquellas palabras nunca se editarán o siquiera se releerán.
Él no cree ser un cobarde, porque a pesar de temer al suicidio, conoce su realidad y la afronta a su manera; a diferencia de aquellas personas que creen en algún destino predicho, escapando de sus actos o de una visión realista hacia sus actos.
Reflexiona sobre el capricho de su destino, sobre el devenir de sus derrotas, sobre su fin esperado y sobre la felicidad que le causa la idea; termina de teclear sus palabras y termina poniendo un título simple a su obra.
Días más tarde, el hombre muere, se incinera, se esparce y desaparece.
Posiblemente en unos años, algún pariente en busca de recursos financieros publique la obra de su familiar nihilista y reviva su angustia bajo la edición de algún joven editor.
El escritor fallecido se convierte con el tiempo en un icono; la “nadería” de su vida agonizante se convierte en un estereotipo y se hace de él lo que siempre desprecio.
A qué clase de ironías nos lleva la nada.
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21.8.04

El Muro


Aquella ciudad me fascinaba por su arquitectura, pero aquella vez me cautivó más de lo normal al ver que mi usual exposición de arte callejero estaba más solicitada de lo ya antes visto. ¿A qué me refiero con esto?
Para cualquier peatón sano y usual de aquella pequeña ciudad, económicamente poderosa, era común observar en los grandes edificios habitacionales, murales callejeros o popularmente llamados “graffiti”, los cuales, por medio de expresiones gráficas pacificas, expresaban las ideas o posición social conforme a la actualidad y sus problemas involucrados por parte del sector en el que se encontraba; pero aquel mural que acostumbraba observar, ubicado en un lugar poco transitado y sin importancia aparente para la comunidad de la ciudad, era el medio de comunicación predilecto entre los silenciosos adictos a la drogas fuertes de aquella ciudad y su proveedor número uno por excelencia y calidad de mercancía, es decir: Yo.

El sistema era eficaz, seguro, y tan próspero que bastaba con sólo aquel pueblo para mantenerme con una apariencia común y viajar por las ciudades y poblados que más me agradaban junto con algunos lujos y placeres discretos que acostumbraba disfrutar.
A lo largo de un mes, los usuales adictos que solían comprarme sus deleites intravenosos, marcaban en aquel mural, con líneas de colores y posiciones diferentes, ya clasificados de acuerdo a la mercancía que demandaban, su pedido adecuado a la cantidad y clasificación del producto que ellos señalaban, poniendo al final de cada código, el nombre de algún idealista histórico para disimular el medio de comunicación frente a los ignorantes de forma acorde a las ideologías más comunes; y al término del plazo mensual, yo regresaba, acataba los pedidos marcados y señalaba discretamente en el mismo mural, con una pintura blanca, la fecha en la que aquellos adictos me verían bajo la luz nocturna en el usual punto de reunión para entregarles su pedido bajo el nombre del idealista que habían marcado y la cuota ya conocida.
.

El amanecer estaba lejano, las nubes listas para dejarse caer, mis nervios se esfumaban en forma de humo de tabaco en medio del frío y mi espera comenzaba.
El plan común, era perfecto. Ellos habían consumido y marcado sus peticiones; yo acaté los pedidos, marqué y ahora esperaba con la mercancía tan codiciada a mitad de aquella noche de mediados de semana en uno de los puentes más antiguos de la ciudad, ya previamente establecido como punto de reunión y entrega, pero que por aquella ocasión, yo esperaría en el extremo opuesto al acostumbrado y ellos advirtieron con facilidad la anomalía; al cabo de un tiempo, pasada la hora acordada, mis clientes se veían venir por el puente. Esta vez parecían ser más de los acostumbrados.
Apagué mi cigarro con el roce de mi bota y tomé con la mano izquierda la maleta con la mercancía.
Cuando miraba su camino en dirección a mi presencia y mientras a cada paso que se aproximaban más y más; mientras sus sombras jugaban con la luz de los postes del puente, comenzó una ligera lluvia que se mantuvo leve hasta que mis compradores se encontraban a escasos pasos cortos de mí; separados por el silencio de su adicción clandestina.

Se veían los conocidos y algunos otros nuevos compradores. Esta vez, se distinguían entre ellos diferentes tipos de personas: jóvenes, adultos, viejos; estudiantes, oficinistas; probablemente gente con un pequeño dejo de importancia para la sociedad de aquella pequeña ciudad consumista, de ideales olvidados y héroes degradados.

“Esta noche el protocolo es diferente.”, expliqué en voz baja y cortante, “Les doy la mercancía y ustedes marchan al otro extremo del puente; continúan hasta la pequeña plaza y uno de ustedes distribuye la mercancía. Los paquetes ya están listos conforme a los nombres. Entreguen el dinero.”
Uno a uno me dio sus billetes y los fui guardando en los bolsos de mi abrigo. Terminada la recepción de efectivo, señalé al adicto más joven que vi. “Tú.”, le dije señalándolo, “Toma y reparte.” El novato asintió y recibió con fuerza la maleta. “Les recuerdo: Yo no existo. Soy nadie.”, les dije, todos asintieron con un movimiento afirmativo de cabeza.
En seguida, todos dieron media vuelta y caminaron por su anterior camino al otro extremo del puente. Yo di la media vuelta y me oculte entre las sombras del camino que se alejaba de la ciudad.
Desde donde estaba, a pesar de lo largo que era el puente, pude percibir cuando aquel grupo llegó a la explanada de la plaza y empezó a repartir el botín. Súbitamente sonó la sirena de alguna de las patrullas de policía que entraban por cada calle que interceptaba la plaza. “¡Que nadie se mueva!”, se escucho por algún altavoz de una de las patrullas y los “representantes de la Ley” aprendieron entre algunos golpes, patadas y sangre sobre el empedrado, a los adictos que me acababan de pagar al otro lado del puente.
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Era la noticia de la semana para aquellos habitantes. Según las especulaciones e investigaciones de la prensa local, algún policía que se ocultaba de incógnito en la plaza como vagabundo desde hace pocas semanas, pudo advertir aquella noche cómo los adictos sospechosos se dirigían junto con el proveedor hacia la plaza para su usual “mercadeo ilícito”. El proveedor fue identificado como un joven de excelente educación, de escasos 16 años y que al llegar al lugar cargaba en una de sus manos la maleta donde transportaba la mercancía.
La policía había escuchado rumores sobre el tráfico de aquellas sustancias pero sin identificar al proveedor; planearon aquella misión sabiendo sólo que los compradores y el vendedor se reunían cada mes en alguna hora de la noche, de algún día cerca de aquella plaza.

A la mañana siguiente, me dirigí hacia el muro en el que solía comunicarme con mis compradores y una vez cubierto de blanco en su totalidad y mientras me limpiaba la pintura de las manos con el mismo periódico que me había informado sobre la ironía de la noche anterior, una mujer que caminaba por la acera se me acercó, “Qué fastidio es ver por todas partes las paredes pintarrajeadas ¿verdad?”, me dijo, “Todo depende si se saben leer, ¿No lo cree?”, le respondí. La dama hizo un gesto de aparente disgusto y continuó sus pasos.
Más tarde me deshice de mis elementos de pintura y abandoné la ciudad limpiando los rastros posibles.
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3.8.04

L'inconnu





Cunado salimos de casa apenas rozaba el amanecer. El cementerio al que nos dirigíamos estaba un poco retirado y para cuando llegamos yo estaba un poco cansada, adormilada y cegada por la luz de la mañana.
Toda la comitiva y compañeros de mi padre estaba reunida para velar a aquel servidor de la República, quien había muerto a causa de un accidente automovilístico la noche anterior; yo, como gran parte de la gente ahí presente, no había cruzado con el difunto cualquier enunciado mayor al acostumbrado “Mucho gusto senador González.”, o el obligado “Gusto en verlo senador González”. Más allá de aquellas citas costumbristas y de la ligada colaboración con mi padre, yo no sabía nada de aquel ebrio conductor empedernido que ahora estaba siendo velado entre el catolicismo de su familia, las familias de sus colegas, la regular prensa y algún tercero involucrado en el partido.
Yo observaba la ceremonia religiosa del enterramiento fumando desde lejos, sentada en una silla apartada del centro de los invitados rodeados por sus guardaespaldas y fotógrafos.
Al cabo de un rato las nubes de la temporada ensombrecieron con un gris de medio día el panorama y lo llantos, las fotografías y los discursos luctuosos continuaban.
De pronto alguien me toco el hombro y me dijo “Disculpa, ¿Tienes fuego?”, era el enterrador del lugar sosteniendo un cigarro en su mano derecha y en la otra una pala pequeña. Yo asentí y le informé con un ademán a mi guardaespaldas que no había problema y que vigilara desde la lejanía de donde se encontraba; después ayude a encender el cigarrillo del desconocido, quien más tarde se sentó en el pasto a un lado de mi silla.
“No cabe duda que el circo más divertido es el de la política, ¿No lo cree?”, dijo el enterrador mientras fumaba y acercaba su pala a un lado de él. Yo no contesté y él entendió mi silencio, pero prosiguió, “O, ¿Usted qué estudia señorita?”, pregunto con un tono vacilante, “Leyes.”, contesté, el enterrador rió discretamente y replicó, “¿La tradición familiar? Clásico. Pero está bien, por lo menos aquel nuevo difunto es de los más comunes de los que están en este panteón para burgueses.”, continuó aquel hombre, que parecía de mi edad y hablaba con un tono de juego pero con respeto.
“Y, ¿Qué es lo menos común que tiene entre sus muertos?”, pregunté con sarcasmo. “Pues aquí hay de todo. En la fosa 25, algún hijo rico que intentaba hacer una bomba casera de pésima calidad; en la 16, una esposa de un empresario que engañaba a su esposo con su propia secretaria, lesbianas descaradas, la mató su esposo después de unos meses de saber el engaño; y en la fosa 07, un político que al ser el candidato prometedor, fue asesinado y ahora hasta como santo y profeta lo nombran cada año. Como ve, hay de todo en este jardín para ricos. Porque ahora hasta los muertos tienen precio.”, me explicó el enterrador, “Ya me doy cuenta.”, respondí con indiferencia.
Terminados los cigarrillos y yo desesperada por largarme, empecé a hacerle la plática al joven enterrador. “Pues trabajo aquí porque tengo lo que quiero: tranquilidad para mi lectura, ejercicio para el cuerpo y la mejor paga posible para un enterrador en esta ciudad.”, me decía mientras el difunto velado seguía pudriéndose en su caja, sus colegas declamaban sobre su vida pasada y yo socializaba con un desgane de un domingo cualquiera.
“A veces los muertos nos hacen pensar y crecer más que los vivos. Los muertos callan, pero algunos pueden decir hasta más que un vivo.”, me decía el enterrador.
Al cabo de un rato, antes de finalizar aquella espera, el enterrador se levanto y se despidió con un “Hasta luego señorita, suerte con su campaña futura y recuerde: Las apariencias engañan.”, y se retiró camino a el edificio de la agencia funeraria.
Más tarde, cuando terminó la ceremonia y “el último adiós” estaba ya dicho, me despedí de la gente que me indicaba mi padre y caminé hacia el auto cuando de pronto se escucharon gritos de entre la multitud que abandonábamos, los guardaespaldas nos indicaron subir al auto rápido y dejamos el lugar en nuestros usuales autos y con nuestra interrogante y exaltación en mente; sin embargo, aquel día no supimos nada sobre lo acontecido y continuamos con nuestros usuales actos de domingo.
A la mañana siguiente, una nota de mi padre junto al desayuno me indicó que leyera el periódico, le pedí a la sirvienta que me lo trajera y lo miré con sorpresa.
Cuando partíamos de la ceremonia luctuosa del “polémico senador González”, algún otro político había sido asesinado por un francotirador profesional desde aquel edificio funerario que se encontraba en el cementerio; se creía que había sido el asesino a sueldo llamado por la prensa como “L’inconnu”, en mención al seudónimo de sus escasas notas y quien se había infiltrado días antes como enterrador provisional en aquel cementerio esperando cumplir su contrato. La policía continúa investigando y sin encontrar al prófugo profesional.
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28.7.04

El Agua



 
“¿Por qué no deja de llover, papá?”, preguntó un hijo a su padre, “No lo sé hijo; pregúntale a tu madre.”, respondió el padre ocupado por la rutina.
Así comenzó todo.
“La lluvia cae milagrosamente”, se decía entre la gente de todo el mundo a causa del asombro de la lluvia que no cesaba. Todos los países, todos los rincones, todas las razas, todos los hombres; miraban con asombro al cielo desde sus ventanas y observaban la caída de la lluvia conforme al roce del viento.
En todo el mundo no cesaba de llover.
Horas y minutos; día y noche; se escuchaba la caída del agua en todo el mundo.
Los países carentes de agua sonrieron a la frescura del nuevo clima; los pequeños áridos desiertos dieron destellos de vida al convertirse en pantanos; los aborígenes rendían culto a su dios de la lluvia mientras celebraban aquella lluvia inesperada e incesante; las cosechas aumentaron; las ciudades se limpiaron; los hombres más sedientos, saciaron su sed; las plantas limpiaron sus raíces y las nubes se dejaban caer con fuerza mientras los hombres miraban asombrados.
La lluvia no cesó.
Más tarde, las ciudades empezaron a inundarse y algunas otras a desaparecer; la islas se convirtieron en familias de corales; las penínsulas en islas y las fronteras acuosas en recuerdos políticos. Los citadinos que no sabían nadar, aprendieron a nadar; los suicidas, encontraron una fácil forma de ahogarse; los religiosos pausaron el curso de sus vidas y se dedicaron a buscar  un nuevo Noé, o por el contrario, pretendían ser ellos mismos; los que no eran religiosos, pues continuaron su vida.
Y así, el panorama del hombre se fue hundiendo con aquel líquido sin sabor, olor o color; como si un líquido que no tuviera ninguna cualidad; un líquido sin nada por deleitar; el líquido predilecto de la Naturaleza; el liquido de la nada; se burlara del error más grande de la Naturaleza, hundiéndolo entre sus tumbas de concreto y lujos de petróleo; enmendando la creación de aquel ser que se dedicó desde el principio de su existencia a subordinar cualquier cosa que se le atravesara; incluso a él mismo.
La lluvia continuó.
Las aves, volaron hasta lo más alto que encontraron; los anfibios, decidieron volverse peces; los mamíferos, aprendieron a nadar entre las ciudades sumergidas; los reptiles, se humedecieron en el agua cálida; los peces, simplemente fueron devorados más de cerca por sus usuales depredadores; y los insectos, como sabemos, de cualquier manera u otra ellos siempre sobreviven.
Pero el hombre solamente pudo huir hasta donde pudo.
Los hombres más ancianos decidieron afrontar el nivel del agua y decidieron escurrir sus vidas por la marea que amenazaba a los más jóvenes, quienes corrían a refugiarse en las cimas de su salvación mientras sepultaban en el agua los muertos que solían cargar.
Cada vez fueron quedando menos hombres, pues nadie sabía ya en donde se podía encontrar refugio. El esplendor del Homo Sapiens fue empapado por el olvido al igual que  sus leyes y religiones; sus profetas y dirigentes.
Aquel fruto de temores llamado tecnología, se hundió entre los ahogados más ambiciosos, y los pocos que quedaban se esforzaban en mantener vivos a sus hijos que cargaban en brazos.
Al final, aquellos padres perecieron para dejar con vida a sus hijos; quienes encontraron en toda la Tierra, un lugar de tierra firme con sólo musgo y peces para sobrevivir.
Aquellos infantes sin voz y con ojos perdidos al horizonte acuoso, sin memoria suficiente para recordar un idioma o moral inculcada por sus padres, sobrevivieron tal como Adán y Eva en el Edén, dirían los más espirituales; pero entre aquella atmósfera bochornosa sobrevivieron los hijos de una nueva era; bebés que al mirar la Luna, inventaron la belleza; al reír, la gracia; al saciar sus apetitos, el esplendor; al compartir el alimento, comunidad; al rozar sus miradas, el amor; al morir, la vida; y al mirar su reflejo en el agua; la nada.


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26.7.04

El Hormiguero



 
“Dios ha muerto.”
            (Nietzche)

El azúcar se ha amargado
Ya no hay quiénes nos protejan
Ya no hay obreros que sangren el trabajo
Ya no hay Reina por proteger
La Reina ha muerto,
La desesperanza
Único reemplazo
Ya no hay a quién servir
En quién confiar
El hormiguero se desmorona
Gélida sequía
El fin de nuestro tiempo
No más por cavar
Consumidos ahora por el agujero
No hay dónde encontrar refugio
La Tierra muere
Los vivos se cubren de luto
Los muertos lloran
Por la angustia de los vivos
No hay ahora hormiga por seguir
La superficie nos asusta
Pero pareciera que nos gusta temer
A nuestro propio ser
Pequeño
Solo
Perdido
Y tierno
Ser.

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20.7.04

El Respiro



“Anhelo.- (lat. Anhélus). m. Deseo vehemente.”
 
“Anhelar.- (lat. Anhélare). Tener ansia […]. /  Respirar con dificultad.”
 
                                                                     (R.A.E.)
[G.]
Decían que estaba loca.
Su madre era una burguesa, de las más ricas de la ciudad. Había sido borrada de la lista de los miembros de la familia y su existencia se guardaba como todo un secreto en medio de la alta sociedad burocrática de la ciudad; era obvio que todo mundo sabía de ella, pero nadie la mencionaba.
Habitaba un apartamento enorme en lo alto de un edificio en medio de un sector de clase media. Ella, a pesar de ser despreciada por toda su familia a causa de su locura, había sido mantenida con vida gracias al deseo de su difunto padre, quien la compadecía por su desgracia al ser ella su única hija y a pesar de que decía sus usuales incoherencias cada vez que la veía en aquel apartamento antes de su muerte, nunca lo molestaba con demandas superfluas como sus otros tres hermanos.
Ella vivía a costa de la vigilancia del personal que contrataba su viuda madre; eran siempre mujeres que buscaban un empleo seguro y con buena paga, pero que a la larga terminaban con problemas emocionales al tratar la mayoría del día con una joven que padecía una especie de fotofobia, tenía miedo a la luz del Sol, y que, una que otra vez, las molestaba con juegos de palabras absurdos y obscenos.
 
Aquella noche con luna yo estaba aspirando un poco de Naturaleza ilegal en el balcón de mi pequeño apartamento, que estaba situado justo al costado izquierdo del balcón del lujoso recinto de la loca bastarda. La noche era aún joven y mis compañeros se habían retirado, yo vivía solo y con lo que podía. Para esa hora yo ya estaba algo adormilado por el humo. El aire era fresco y sin nubes por maldecir.
De pronto, escuché un ruido cerca del balcón del edificio de junto, se veía una leve luz que venía del interior del apartamento; una puerta pequeña que conducía al balcón se abrió y salió la figura de una mujer joven, de complexión delgada y cabello negro, largo y poco enredado; era ella. Traía una linterna en la mano derecha y avanzaba a pasos lentos y descalzos por el balcón; traía puesto un vestido negro y sencillo y caminaba con la espalda recta y con la frente en alto.
Yo solté una bocanada de humo mientras veía sus movimientos pero el aire caliente me hizo soltar un leve tosido que advirtió a aquella hija maldita mi presencia nocturna.
Volteó rápidamente a verme y me iluminó con su linterna; primero a la cara, pero después, al ver mi rostro sometido a la luz, dejó de iluminarme directo a los ojos y bajó la linterna para iluminar el piso en el que se encontraba parada. Pude ver que traía una banda negra en el los ojos, pero le cubría los ojos lo suficiente como para poder ver lo que su linterna le permitía.
“Ven aquí.”, me ordenó aquella hija de rumores mientras sostenía su linterna.
“¿Por qué?”, le pregunté, “Porque no tienes otra cosa por hacer, y porque yo parezco más interesante que lo que fumas.”, yo reí un poco, talvez por los efectos del humo, y dije, “¿Y tú qué sabes?”, “La puerta está abierta. No hagas ruido al subir.”, fue su respuesta y se retiró al interior del apartamento con los mismos pasos deslizantes y lentos que la habían conducido a nuestro encuentro.
Momentos después estaba frente a la puerta de aquel lujoso apartamento, pisando con mi bota derecha lo que quedaba de mi envuelto prohibido.
Gire la perilla de la puerta (que tenía una nota de renuncia de la última empleada) con temor y la abrí lentamente. Increíble imagen.
Era un apartamento cubierto en su totalidad por duela, con paredes pintadas de negro, ventanas tapadas con algún papel negro que impedía el paso de la luz, y la única fuente de iluminación en toda la habitación con tan solo un sofá como mueble, era la Luna que se dejaba escurrir con su luz por la pequeña puerta que conducía al amplio balcón con barandales gruesos de piedra.
Pero lo más curioso eran el techo y la pared más amplia; el primero, era un poco alto, pero la altura se disminuía por centenares de hilos colgantes con pequeños espejos y plumas negras o blancas al final de cada uno; la segunda, una pared que tenía pegadas infinidades de imágenes de todos tamaños que representaban eclipses solares: postales, recortes de revistas, fotos, etc.; y escrito sobre aquellas imágenes, con alguna tinta que brillaba en la oscuridad, estaba escrita la palabra “Sol” en varias lenguas que iban desde Latín hasta escrituras Hiragama en japonés y otras orientales más, tachadas cada una con la misma tinta brillante.
“No tengas miedo. Soy tan sólo una cobarde, no una esquizofrénica.”, me dijo desde su amplio sillón de diseño antiguo la joven trastornada, “Siéntate.”.
Me senté junto a ella y le ofrecí un cigarro sin filtro; aceptó en silencio.
Ambos fumamos tranquilamente y empezamos a intercambiar algunas palabras narrativas con interés disimulado.
Su nombre era Lea. No variaba mucho su edad de la mía.
Lea había sido violada al terminar sus estudios de primaria por algún socio de su padre; aunque su padre nunca lo supo. Ella sólo podía recordar la habitación donde había saciado aquel político de mierda su sed pedófila; una habitación totalmente oscura donde lo único que podía ver era el Sol de medio día por un pequeño traga luz.
Sus padres, por prestigio social, decidieron arrumbar a su hija traumatizada por “una locura indecente”, en el mismo recinto oscuro que ahora la visitaba; junto con sus periódicas amas de llaves, las medidas necesarias para que no se hiciera algún daño físico, la comida necesaria, lo que sus delirios exigieran, su soledad, su miedo al astro rey y sus recuerdos.
Me asombré un poco con su relato, pero ella parecía contarlo con una naturalidad fuera de lo común. “Yo estaré bien mientras no vea el Sol.”, dijo con mirada fija a la luz de la Luna.
“Puedes intentar vencerlo. Las cosas se pueden arreglar, no hubo nada que pudieras hacer y ahora puedes ser más fuerte que aquel recuerdo.”, dije para consolarla.
Por debajo de la banda negra que cubría sus ojos resbaló una lágrima y dio un respiro profundo mientras apagaba su cigarro en la palma de su mano. Parecía que quería llorar, pero talvez ya no podía después de tantas veces de hacerlo; como si su futuro se hubiera escurrido sobre sus mejillas durante los diez años que llevaba de no haber visto la luz del Sol.
“¿Cómo te llamas?”, me dijo volteando la cabeza, “Gabriel.”, contesté. Lea se quitó la venda de los ojos y los abrió en medio de sus lágrimas. Tenía ojos azules.
 
[L.]
Gabriel, hay algo de tomar en la repisa de aquel cuarto, le dije después de que lo miré detenidamente, hacía mucho que no hablaba tanto con alguien, talvez el hecho de que era un desconocido lo hacía más especial, nunca me agradó conversar con la gente, me agradaba observarla, pero la socialización me asqueaba, y viceversa talvez. Gabriel se levantó y fue a tomar el licor que Papá guardaba en mi refugio, regresó y bebimos a sorbos pequeños pero constantes, me platicó la desgracia que tenía como pasado y presente, cómo huyó de su vida pasada y cómo sobrevivía de incógnito en el edificio de a lado a costa de sus vicios.
No éramos muy diferentes, yo tenía miedo de la luz del día, él parecía temer a la realidad, aunque me parecía estúpido, uno no puede evadir su realidad, aunque él parecía creer que con ese miedo podía tener más coraje para enfrentarla, talvez nunca sentimos otro sentimiento que no sea el miedo, es sólo que lo enfocamos en diferentes maneras.
Terminamos pronto la botella, cerca de la hora del amanecer tal como me lo indicó mi visitante, tan decadente como yo. Me paré, me coloqué la venda en mis ojos una vez más y caminé rumbo al balcón, me gustaba porque el piso tenía cuadros alternados de blanco y negro, como un tablero de ajedrez con columnas grises de piedra. Gabriel se levantó también y los dos salimos hacia el exterior, hacia nuestros miedos.
Me detuve un momento frente al grueso barandal gris y después me subí en él con mis pies fríos, escuché cómo Gabriel me seguía y replicaba mis movimientos. Qué haces, me preguntó con desgane, Afronto mis miedos como tú, respondí.
Esperamos un tiempo parados en aquél borde, con la espalda hacia la nada.
Empezó a incrementar la luz, el Sol se iba mostrando ante nuestros cuerpos, después de tanto tiempo mi blanca piel fue estremecida por el calor de la luz del Sol, tal como mis ojos cerrados y cubiertos.
Gabriel me tomo con sus manos y me volteó hacia él, me quitó la venda negra, Abre los ojos, me dijo, y dirigiendo mi mirada hacia el Sol, los abrí lentamente, dos lágrimas rodaron por mis cobardes sienes desde mis ojos casi cegados, sonreí y di un respiro profundo lento.
Gracias Gabriel, le dije, cerré los ojos una vez más y dejando atrás una habitación llena de una vida llena de miedo y rencor, me dejé caer hacia el vacío de nuestros miedos encarados y encarnados, abrazando junto con Gabriel una muerte sin más que el final de las cosas del miedo, que anhelan o respiran sus miedos, como ciegos en una habitación sin luz.


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15.7.04

Los Inusuales (Vol. 3)

“[…] la violence est la seul chose qui reste […]”
 
(Sartre)
 
Vol. 3
 
“¿Por qué te agrada la idea de que estemos juntos?”, preguntó V. “No me agrada ni me disgusta, eso es lo especial entre nosotros.”, respondió L., “Pero, ¿Por qué has venido aquí conmigo?”, insistió V. , “Porque me gusta lo que soy cuando estoy contigo, no me haces pensar en mí.”, respondió L. mientras buscaba en una cómoda algunos cerillos para encender una nueva vela. “¿Qué harías si yo muriera?”, preguntó V., “Enterrarte o incinerarte, lo que prefieras.”, respondió L. seguido de un rato de silencio.
L. dejó la vela prendida sobre la mesa de siempre y acompañó a V. en la cama bajo las sábanas frías; habían acordado no usar más edredones o cobertores contra el frío.
 
Pasaron unas cuantas semanas más, unas notas más, unas letras más, más moretones y cicatrices; pero durante ese tiempo no se articuló palabra alguna, ya todo era sistemático, usual; las respuestas ya eran tan sabidas tanto como las preguntas, entonces la condición se apoderó de ambos.
 
V. sacó de una pequeña maleta un revolver, el cual había heredado a la muerte de su abuela. Después, le susurró al oído de L. “Despierta mi L., alguien nos ha venido a visitar.”, se retiró de la cama y movió la pequeña mesa habitual al centro de la habitación principal, retiró todo lo que había en la pequeña mesa dejando tan sólo una vela y el revolver, para finalmente colocar ambas sillas en posición frontal a la mesa.
L. se despertó por completo y una vez sentado en su respectiva silla y observado el revolver en la mesa, cuestionó “¿Qué estas haciendo V.?”, “Sólo hay una,”, dijo señalando al revolver, “ahora veamos quién es el primero en disparar.”, completó con una leve sonrisa pero con un tono de extrema seriedad.
L. se rió hasta el momento en que V. se levantó de su silla y con su mano izquierda tomó la cabeza de L. y lo besó para callar su risa vacía. Fue hasta aquel momento en que L. comprendió la seriedad del juego que establecía su compañía; pero para su sorpresa, advirtió que mientras V. tomaba con su mano  izquierda la sien derecha de L., V. había tomado con su extremidad contraria el revolver de la mesa.
V. disparó hacia su compañía pero L. alcanzo a desviar la bala retirando la mano de V. a un lado de su cuerpo amenazado, desviando así la puntería del revolver hacia una de las ventanas obstruidas; L. nunca cerraba los ojos al besar a alguien.
En el acto, la mesa cayó y la vela se apagó, mientras una cantidad de nieve entró por la ventana rota acompañada de cristales empañados.
El revolver cayó vacío de bala alguna cerca de la cama y lo mismo pasó con L. y V. que cayeron desnudos sobre el piso de madera.
Ambos rieron un poco una vez recostados en el piso y después se miraron en silencio.
“Salgamos de aquí”, dijo L.

 Ambos asintieron y sonrieron.





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Los Inusuales (Vol. 2)

Vol. 2
 
Las velas se fueron renovando y los días pasando, o más bien un cierto lapso de tiempo con algunos pocos centelleos de luz natural rojiza o poco amarillenta. L. y V. hablaban poco, pero disfrutaban con lo que podían su tiempo juntos. Ambos se entretenían desde tener las regulares relaciones sexuales a las que se habían habituado hasta poner dos sillas en el centro de la habitación y sentarse uno enfrente del otro para observar en silencio el semblante del otro, pasando por pequeños ratos de lectura, ejecución de sus instrumentos musicales respectivos con música simple e improvisada, fumar lo que el menú de sus reservas indicaba y lo que sus impulsos repentinos les dictaban: algunas veces se reían uno del otro o con algún chiste insignificante, otras, se golpeaban el uno al otro como juego o como desquite de sus frustraciones u otras simplemente se quedaban por horas recostados en la cama desnudos, fumando y discutiendo desde sus molestias personales hasta sus observaciones filosóficas del mundo moderno que habitaban.
Ellos simpatizaban la idea del hombre como observador del medio y no cómo un ser superior en cualquier aspecto a los demás. Ninguno de los dos profesaban o creían en religión alguna, siempre habían evitado participar en algún acto o cargo gubernamental más allá de pagar los obligados impuestos, y tomaban a la filosofía que solían leer como un simple medio de defensa contra la decadencia que vivían; sin embargo, nunca pensaron en ser menos decadentes que los demás.


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Los Inusuales (Vol. 1)


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“La infelicidad del hombre se basa en una sola cosa:
Que es incapaz de quedarse quieto en su habitación”
 
                                               (Pascal)
 
(Gracias a D.G.M. y a S.A.L. por las contribuciones.)
 
Vol. 1
 
Los “especialistas” (y los más amarillistas también) lo describieron como “Frío apocalíptico: el peor invierno conocido por el hombre”.
 
L. se despertó en medio de la oscuridad de su cabaña; no hizo movimiento alguno o el menor ruido, simplemente abrió los ojos para ver lo mismo que veía en su sueño invernal: oscuridad. Estaba recostado bajo su grueso edredón y con la delicada cabeza de V. recargada en su hombro derecho. L. giró su cabeza hacia la izquierda para ver qué hora marcaba su reloj luminoso; ya había pasado el amanecer y el Sol se podía imaginar desde la penumbra de su cabaña como en un capricho del ocaso; como si a alguien le hubiera dado la pereza de encender el Sol por completo aquel día, talvez por toda la eternidad o lo que es lo mismo, sólo un instante.
L. siguió entreteniendo su vista durante poco tiempo más en medio de la oscuridad hasta que V. también indicó un respiro de despierta conciencia.
“¿Qué hora es?”, dijo V. con voz casi susurrante al primer instante que abrió los ojos, “No muy tarde.”, respondió su único acompañante en aquella cabaña a mitad de la naturaleza ártica.
V. se levantó, se sentó al borde de la cama, frotó sus brazos en lucha contra el frío y se amarró el cabello con una cola simple. “¿Alguna vez has creído que te he amado en algún momento?” preguntó L. a V. mientras colocaba sus manos bajo su cabeza, “Yo no creo que algún día te enamores. Estás metido mucho en tu mundo.”, respondió V. con un tono firme mientras volteaba para tratar de verlo en medio de la oscuridad. L. sólo sonrió a los ojos claros de V. con un dejo de orgullo y gracia.
 
La cabaña no era muy grande, pero constaba de lo necesario para no salir de aquel lugar: calor, poca luz, baño, cocina y cama. L. y V. no eran una pareja común o parecida al concepto general de la pareja joven occidental del tiempo moderno; ellos no se molestaban en banalidades clásicas de cortejo, frases trilladas o momentos fechados en un calendario; lo único que sabía el uno del otro era su nombre, qué cantidad de esto o aquello y cómo relajarse en cualquier momento que estuvieran juntos. Ellos no creían en el poder de la pasión o de la concepción de otro ser como amado.
 
“¿Lo de siempre?”, preguntó L. mientras se levantaba de la cama y se dirigía a la insignificante cocina, “Ya lo sabes.”, respondió V. mientras jugaba con un cigarro entre sus dedos y se lo colocaba en sus labios rojos y regresaba al calor de la cama.
 
L. y V. habían decidido pasar juntos el invierno en aquellas pequeñas habitaciones de madera por una temporada de tiempo ilimitado, ellos sólo harían lo que quisieran de ellos mismos y quizás del otro también; no tenían plan o expectativa alguna, nada, ni de ellos mismos, ni del uno del otro.
 
Desayunaron lo que acostumbraban en una mesa pequeña con dos sillas igual de minúsculas y encendieron un cigarrillo para ambos mientras tomaban a sorbos un café y un té calientes. “¿Ya te diste cuenta?”, preguntó V. señalándole a L. la ventana, “Sí, inmersos en la nieve.”
 
Y así era, la nieve del crudo invierno había sepultado su cabaña casi por completo, dejando libre tan solo una pequeña ventana que se elevaba más allá de las demás, mientras que las otras estaban obstruidas, congeladas y oscuras.
 
V. se levantó de su pequeña silla y sacó de una cómoda dos velas, una pequeña aromatizante y otra larga y clara para proveer un poco más de luz. Encendió ambas y las puso junto al cenicero de la mesa. “No podremos salir, ¿o sí?”, dijo V. mientras aspiraba un poco de tabaco, “No, a menos que alguien se moleste en sacarnos de aquí”, los dos rieron un poco. Terminaron sus tazas y se incorporaron a la cama ahora con cigarros separados.

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10.7.04

El Abrigo

Mis botas estaban un poco mojadas por los charcos del empedrado de la calle, era medio día y con mucho esfuerzo uno podía vislumbrar unos pocos rayos de Sol, sin embargo la calle era un poco colorida y no había mucha gente; se podía disfrutar mejor.
Yo estaba sentado en una de las bancas que daban la espalda al amplio parque de la esquina de aquella calle de arquitectura colonial; enfrente, una calle gris que antecedía a una oficina gubernamental; a mi izquierda, un crucero frecuentemente transitado, pero que por alguna razón, en aquel día de lluvias, se encontraba ausente de conductores citadinos frenéticos y se conservaba tranquilo y con frío.
Disfrutaba de una amena lectura, un poco extensa como para llamarla “libro de bolsillo”, pero da igual; yo respiraba una tranquilidad extraordinaria e indiferente hacia el mundo que me rodeaba y proseguía con mis palabras de “bolsillo”.
Al cabo de unos cuantos párrafos, escuché como un anciano vagabundo se acercaba hacia mi indiferente presencia y se sentó a mi lado derecho en la misma banca de madera que yo me encontraba. Me moví un poco al extremo izquierdo de la banca, “No te molestes.”, dijo el vagabundo, que sorprendentemente guardaba una voz propia y con acento educado, además de que no transmitía un olor fétido o semejante a cualquiera que algún vagabundo de la ciudad pudiera transmitir.
Continué con mi lectura y de reojo pude ver cómo el vagabundo se inclinó para observar el título que leía, “De Beauvoir es buena, pero Sartre sigue siendo el mejor en aquel género.”, estableció aquel viejo hombre, “Así lo veo.”, contesté cortésmente pero con indiferencia al anciano.
Pasó un corto momento antes de que el anciano me preguntara si me molestaba el que fumara a mi lado, “En lo absoluto.”, contesté, el anciano dio las gracias (por nada) y continuó con su nube de tabaco; yo volví a mi lectura.
Pasó un instante más, “Sabes, hace algunos años me prohibieron fumar; decían que era muy peligroso para mí.”, continuó con su elixir de humo; yo continuaba con mi pequeño gran libro. Un instante más pasó, el vagabundo prosiguió, “¿Pero después de tantas cosas y tanto tiempo, quién puede diagnosticar qué está bien o qué está mal?”, “Usted lo ha dicho”, dije a aquel extraño; “Claro, ahora que usted es joven no lo puede ver, pero; a diferencia de cuando uno es niño, cuándo uno no sabe lo que significa hacer las cosas o las decisiones correctas o incorrectas; cuándo uno es viejo, ya no se preocupa en saber eso, porque después de tanto o tan poco, uno ya no sabe que elección será peor que la otra.”
Un momento de silencio más y un nuevo cigarrillo se encendió.
De pronto, del edificio de enfrente, el gubernamental de arquitectura “Nouveau”, salió algún burócrata en su auto de lujo, vestido de traje y acompañado por una joven de falda y saco, probablemente alguna otra burócrata. “Aquél era mi compañero de trabajo.”, señaló mi vagabundo acompañante; y a pesar de toda la palabrería, todavía no me había interesado mucho en aquel anciano personaje; yo, continuaba mi lectura y él, fumando.
Poco a poco se fue oscureciendo la tarde, pocas palabras articuladas; yo leía, el fumaba.
Pronto pasó frente a nosotros un grupo de jóvenes, todos hombres, diferentes todos en apariencia, pero compartían algo en común; no sé que era. “Jóvenes de hoy; basura del mañana”, dijo el anciano seguido de una carcajada con un poco de tosidos y un poco más de humo. “Con los niños, uno persevera; con los ancianos, se desespera; pero con los jóvenes, uno destruye.”, dijo el vagabundo seguido de un corto silencio. La tarde siguió su curso regular y las calles se empezaron a llenar de automóviles; yo leía, él fumaba.

De súbito, una fuerte lluvia comenzó, las personas se escondieron bajo los árboles y bajo las lonas de los cafés circundantes. El vagabundo apagó el cigarrillo en curso, tocó con sus manos unas pocas gotas de lluvia y se lavó las manos, después intentó calentarlas con su aliento; yo seguía leyendo con indiferencia.
“Me despido.”, dijo el anciano hombre. Alcé la vista, observé la lluvia y después al viejo, me paré, me quité el abrigo impermeable que traía puesto y se lo di al anciano advirtiendo la lluvia que pasaría aquella noche. “Sólo lo ensuciaría”, rechazó el anciano, “Como usted diga.”, respondí.
El anciano vagabundo se despidió con un ademán de su mano derecha conforme a su frente y siguió su camino por la acera, observé que tenía los pies descalzados; aún así el anciano continuó caminando, yo lo seguía con la vista sosteniendo mi abrigo en la mano; el anciano apretó el paso dirigiéndose hacia el crucero, cada vez más rápido en medio de la lluvia.
Un auto golpeó al anciano antes de que la luz amarilla del semáforo advirtiera el cese del paso vehicular. Observé lo suficiente desde donde estaba para darme cuenta de que aquel auto lo había golpeado con la fuerza de la muerte. Se escucharon algunos gritos.
Me cubrí con mi abrigo y guardé en uno de los bolsillos de éste, mi lectura de aquel día.
Di un respiro profundo y marchándome de aquel lugar, caminé hasta perderme entre la multitud y la lluvia.
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El Hijo


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"La moralidad moderna consiste en alistarse
bajo la bandera de nuestro tiempo y eso es
la mayor imoralidad."

"La experiencia no tiene valor ético.
Los hombres dan únicamente nombre a
sus errores."

(O.Wilde)

Alguna vez mi madre me dio la vida, me ató a la suya y a la de otros;
Pero nunca me mostró las ataduras.

Alguna vez mi madre me enseñó a vivir;
Pero nunca me enseñó a disfrutar la muerte.

Alguna vez mi madre me dijo cómo se debía amar;
Pero no me dijo lo que era el amor,
Siquiera si existía o no.

Alguna vez mi madre me habló de lo bello que era el mundo,
Después me lo mostró y finalmente me expuso ante él;
Pero no me permitió decirle si me parecía bello o no.

Alguna vez mi madre mostró la luz;
Pero no me dijo si ella la veía también.

Alguna vez mi madre me enseñó a leer los pensamientos;
Pero no me dejó escribir lo que pensaba.

Alguna vez mi madre prohibió hacer cosas malas;
Pero nunca me explicó lo que era el Mal.

Alguna vez mi madre me dijo que le trabajo era digno de un buen hombre;
Pero no me dijo lo que el hombre hacía con el trabajo.

Alguna vez mi madre me dejó dormir;
Pero nunca me permitió contarle mis sueños.

Alguna vez mi madre me dijo que esperar no serviría de nada;
Pero en su mismo error, me prohibió actuar con esperanza.

Alguna vez mi madre me enseñó a hablar;
Pero no me mostró los lenguajes más allá de la voz.

Alguna vez mi madre me hizo sentir como basura;
Yo me consuelo:
Ella también tuvo madre.
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9.7.04

El Sueño



¿Alguna vez alguien se ha dedicado a averiguar cuantas horas podemos permanecer despiertos sin alguna pausa para dormir? Quizás. Quizás alguien con muchas cosas por hacer o por el contrario; muy pocas. Pero, ¿Es posible que alguna vez alguien se haya encontrado ante una situación en la que pudiera soportar su asquerosa conciencia sin importarle la sucesión del alba o el ocaso por tanto tiempo? Quizás.
Pero talvez todos nos hemos encontrado en un proceso parecido: cuando los ojos se empiezan a secar y uno empieza a parpadear pese al dolor que provoca esa misma acción; cuando uno empieza a sentir una leve vibración en sus oídos o un zumbido que reclama la presencia sonora de algún objeto o alguna voz que no sea la de nuestro propio pensamiento; cuando la piel se seca en algunas partes del cuerpo y se siente un terrible dolor en las articulaciones o hasta en los entrañables huesos; cuando uno, extrañamente, ya sólo puede sentir un ligero dolor en lugar de su propio cuerpo; cuando uno se da cuenta que ha pasado ya un tiempo irregular antes de soñar con la conciencia apagada, como la luz de la habitación en la que uno se encuentra.

Pero, lo más extraordinario, es que cuando uno se da cuenta de que ha pasado ya todo ese tiempo despierto, sin disfrutar de sueño alguno, ya no se espera volver a soñar, es decir, después de pasar tanto tiempo despierto, uno ya no nota la diferencia entre estar despierto o dormido, la sensación parece la misma, como si la vida misma se asimilara ya como un sueño existencial en medio de una noche donde nada se pude percibir con claridad; el sueño de la vida y la muerte; el sueño del miedo; el sueño efímero de la existencia limitada: Un sueño perfectamente ruin y humano.
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7.7.04

El Juicio


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Éste es un cuento como todos los demás que se han contado, con la banalidad de todos los demás y con la falta de esfuerzo e imaginación que los demás han demostrado al contarlos.

Había una vez, en la zona más retrasada del reino de la Nada, un alboroto que nunca antes se había visto: el rey, Hombre, estaba siendo informado acerca de un “rebelde” en el reinado; aquél, según las más fieles descripciones de los más idiotas súbditos del rey, era un ente simple, diferente, en aspecto y actitudes, a los demás entes que vagaban junto a los hombres y animales (la misma cosa). Acorde a las descripciones, este ente vagaba siempre sin rumbo por las calles, hablaba con el mundo de nada en concreto o con coherencia alguna y no acataba el orden social que se le imponía; sin embargo, lo que preocupaba a la mediocre nobleza, no era su vida minimalista o su poco interés en el bienestar del reino o en su propio ser, sino que la gente y las cosas ahora lo nombraban más a él que a su propio rey.

Preocupado por la situación, el rey convocó a juicio extraordinario a aquél ente desconocido, reunió a todos los entes posibles y conocidos por los hombres y las cosas, desde la Vida, junto con su hermana la Muerte, el Dolor, la Ira, la Desesperanza, el Deseo y hasta el Amor; y así como así todos fueron obligados a presentarse frente a la corte, nadie entendía nada, no tenía sentido alguno; y nuestro ente protagónico, aquí lo nombraremos el ente “N”, acusado de la nada, fue sometido por la ley de la Nada, le ley de su rey, Hombre.

En silencio y proyectando una mirada perdida con sus ojos hinchados, el ente N esperaba con indiferencia a que alguien dijera algo en aquella corte llena de silencio.
“Se inicia la sesión”, dijo el rey cediendo la palabra al interrogador programado que, acto seguido, se levantó de su lujosa silla y se dirigió con soberbia hacia el acusado, que se mantenía en pie en medio de la habitación y la muchedumbre que observaba sentada alrededor de él en silencio.
“¿A cuál reino pertenece usted?”, preguntó secamente el interrogador y después de un breve silencio en el que todos esperaron con ansia. N miró a su interlocutor y contestó “Si acaso tendría que pertenecer a un “reino”, no pertenecería a otro mas que al de mi extranjera existencia.”, y bajó la mirada una vez más mientras se expresaba el asombro de la muchedumbre y la nobleza. “¿Está usted rechazando la autoridad de su rey?”, replicó el interrogador, “El Hombre, su rey, ha demostrado que no ha hecho nada por superarse a si mismo, no lo ha intentado y no lo intentará porque sigue buscando un camino seguro e imposible en un mundo que no ha logrado y nunca logrará dominar.” respondió el acusado, asombro aún mayor para todos los presentes. El interrogador reclama, “¿Y qué mundo ha usted apreciado para platear tan atrevida conjetura?”, N responde, “Un mundo en el que el idiota goza de lo que desea; un mundo en el que el hombre no maneja su propia condena de la libertad; un mundo en el que las putas tienen ya mayor dignidad que las madres, porque no se molestan en crear una moral hipócrita para sobrevivir o buscar su bienestar; un mundo en el que “la Ley” hace a los hombres mediocres; un mundo en el que la existencia se valora tanto como la inexistencia; un mundo en el que pocos disfrutan su soledad existencial, y los que no lo hacen crean ilusiones estúpidas para ocultar su miedo, el miedo a ellos mismos; un mundo en el que el Ego se idealiza en un poder divino llamado “Dios”; un mundo hecho por la nada y para nada.” Dicho esto, el rey, indignado por escuchar estas palabras, detuvo el interrogatorio, ordenó a todos salir cuanto antes de la habitación jurídica y una vez las puertas cerradas, el rey entregó una nota a uno de sus súbditos y se retiró con su séquito. Aquel súbdito, leyó la nota y se dirigió al acusado que aún se mantenía en pie y,dirigiéndolo a paso lento, lo llevó a la habitación más profunda del castillo: la cámara de tortura. Habiendo el súbdito dejado al ente a manos del verdugo, el verdugo demandó rutinariamente sosteniendo una lista en sus manos, “Nombre.”, el ente contestó con mirada perdida, “Nihilismo.”. Torturado, humillado y guardado en silencio en las mentes mediocres del reino, se perdió en el dolor de su existencia aquel ente. Y aunque no se supo más después de aquel suceso, su temor seguía creciendo a cada ser que iba existiendo.
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