“Anhelo.- (lat. Anhélus). m. Deseo vehemente.”
“Anhelar.- (lat. Anhélare). Tener ansia […]. / Respirar con dificultad.”
(R.A.E.)
[G.]
Decían que estaba loca.
Su madre era una burguesa, de las más ricas de la ciudad. Había sido borrada de la lista de los miembros de la familia y su existencia se guardaba como todo un secreto en medio de la alta sociedad burocrática de la ciudad; era obvio que todo mundo sabía de ella, pero nadie la mencionaba.
Habitaba un apartamento enorme en lo alto de un edificio en medio de un sector de clase media. Ella, a pesar de ser despreciada por toda su familia a causa de su locura, había sido mantenida con vida gracias al deseo de su difunto padre, quien la compadecía por su desgracia al ser ella su única hija y a pesar de que decía sus usuales incoherencias cada vez que la veía en aquel apartamento antes de su muerte, nunca lo molestaba con demandas superfluas como sus otros tres hermanos.
Ella vivía a costa de la vigilancia del personal que contrataba su viuda madre; eran siempre mujeres que buscaban un empleo seguro y con buena paga, pero que a la larga terminaban con problemas emocionales al tratar la mayoría del día con una joven que padecía una especie de fotofobia, tenía miedo a la luz del Sol, y que, una que otra vez, las molestaba con juegos de palabras absurdos y obscenos.
Aquella noche con luna yo estaba aspirando un poco de Naturaleza ilegal en el balcón de mi pequeño apartamento, que estaba situado justo al costado izquierdo del balcón del lujoso recinto de la loca bastarda. La noche era aún joven y mis compañeros se habían retirado, yo vivía solo y con lo que podía. Para esa hora yo ya estaba algo adormilado por el humo. El aire era fresco y sin nubes por maldecir.
De pronto, escuché un ruido cerca del balcón del edificio de junto, se veía una leve luz que venía del interior del apartamento; una puerta pequeña que conducía al balcón se abrió y salió la figura de una mujer joven, de complexión delgada y cabello negro, largo y poco enredado; era ella. Traía una linterna en la mano derecha y avanzaba a pasos lentos y descalzos por el balcón; traía puesto un vestido negro y sencillo y caminaba con la espalda recta y con la frente en alto.
Yo solté una bocanada de humo mientras veía sus movimientos pero el aire caliente me hizo soltar un leve tosido que advirtió a aquella hija maldita mi presencia nocturna.
Volteó rápidamente a verme y me iluminó con su linterna; primero a la cara, pero después, al ver mi rostro sometido a la luz, dejó de iluminarme directo a los ojos y bajó la linterna para iluminar el piso en el que se encontraba parada. Pude ver que traía una banda negra en el los ojos, pero le cubría los ojos lo suficiente como para poder ver lo que su linterna le permitía.
“Ven aquí.”, me ordenó aquella hija de rumores mientras sostenía su linterna.
“¿Por qué?”, le pregunté, “Porque no tienes otra cosa por hacer, y porque yo parezco más interesante que lo que fumas.”, yo reí un poco, talvez por los efectos del humo, y dije, “¿Y tú qué sabes?”, “La puerta está abierta. No hagas ruido al subir.”, fue su respuesta y se retiró al interior del apartamento con los mismos pasos deslizantes y lentos que la habían conducido a nuestro encuentro.
Momentos después estaba frente a la puerta de aquel lujoso apartamento, pisando con mi bota derecha lo que quedaba de mi envuelto prohibido.
Gire la perilla de la puerta (que tenía una nota de renuncia de la última empleada) con temor y la abrí lentamente. Increíble imagen.
Era un apartamento cubierto en su totalidad por duela, con paredes pintadas de negro, ventanas tapadas con algún papel negro que impedía el paso de la luz, y la única fuente de iluminación en toda la habitación con tan solo un sofá como mueble, era la Luna que se dejaba escurrir con su luz por la pequeña puerta que conducía al amplio balcón con barandales gruesos de piedra.
Pero lo más curioso eran el techo y la pared más amplia; el primero, era un poco alto, pero la altura se disminuía por centenares de hilos colgantes con pequeños espejos y plumas negras o blancas al final de cada uno; la segunda, una pared que tenía pegadas infinidades de imágenes de todos tamaños que representaban eclipses solares: postales, recortes de revistas, fotos, etc.; y escrito sobre aquellas imágenes, con alguna tinta que brillaba en la oscuridad, estaba escrita la palabra “Sol” en varias lenguas que iban desde Latín hasta escrituras Hiragama en japonés y otras orientales más, tachadas cada una con la misma tinta brillante.
“No tengas miedo. Soy tan sólo una cobarde, no una esquizofrénica.”, me dijo desde su amplio sillón de diseño antiguo la joven trastornada, “Siéntate.”.
Me senté junto a ella y le ofrecí un cigarro sin filtro; aceptó en silencio.
Ambos fumamos tranquilamente y empezamos a intercambiar algunas palabras narrativas con interés disimulado.
Su nombre era Lea. No variaba mucho su edad de la mía.
Lea había sido violada al terminar sus estudios de primaria por algún socio de su padre; aunque su padre nunca lo supo. Ella sólo podía recordar la habitación donde había saciado aquel político de mierda su sed pedófila; una habitación totalmente oscura donde lo único que podía ver era el Sol de medio día por un pequeño traga luz.
Sus padres, por prestigio social, decidieron arrumbar a su hija traumatizada por “una locura indecente”, en el mismo recinto oscuro que ahora la visitaba; junto con sus periódicas amas de llaves, las medidas necesarias para que no se hiciera algún daño físico, la comida necesaria, lo que sus delirios exigieran, su soledad, su miedo al astro rey y sus recuerdos.
Me asombré un poco con su relato, pero ella parecía contarlo con una naturalidad fuera de lo común. “Yo estaré bien mientras no vea el Sol.”, dijo con mirada fija a la luz de la Luna.
“Puedes intentar vencerlo. Las cosas se pueden arreglar, no hubo nada que pudieras hacer y ahora puedes ser más fuerte que aquel recuerdo.”, dije para consolarla.
Por debajo de la banda negra que cubría sus ojos resbaló una lágrima y dio un respiro profundo mientras apagaba su cigarro en la palma de su mano. Parecía que quería llorar, pero talvez ya no podía después de tantas veces de hacerlo; como si su futuro se hubiera escurrido sobre sus mejillas durante los diez años que llevaba de no haber visto la luz del Sol.
“¿Cómo te llamas?”, me dijo volteando la cabeza, “Gabriel.”, contesté. Lea se quitó la venda de los ojos y los abrió en medio de sus lágrimas. Tenía ojos azules.
[L.]
Gabriel, hay algo de tomar en la repisa de aquel cuarto, le dije después de que lo miré detenidamente, hacía mucho que no hablaba tanto con alguien, talvez el hecho de que era un desconocido lo hacía más especial, nunca me agradó conversar con la gente, me agradaba observarla, pero la socialización me asqueaba, y viceversa talvez. Gabriel se levantó y fue a tomar el licor que Papá guardaba en mi refugio, regresó y bebimos a sorbos pequeños pero constantes, me platicó la desgracia que tenía como pasado y presente, cómo huyó de su vida pasada y cómo sobrevivía de incógnito en el edificio de a lado a costa de sus vicios.
No éramos muy diferentes, yo tenía miedo de la luz del día, él parecía temer a la realidad, aunque me parecía estúpido, uno no puede evadir su realidad, aunque él parecía creer que con ese miedo podía tener más coraje para enfrentarla, talvez nunca sentimos otro sentimiento que no sea el miedo, es sólo que lo enfocamos en diferentes maneras.
Terminamos pronto la botella, cerca de la hora del amanecer tal como me lo indicó mi visitante, tan decadente como yo. Me paré, me coloqué la venda en mis ojos una vez más y caminé rumbo al balcón, me gustaba porque el piso tenía cuadros alternados de blanco y negro, como un tablero de ajedrez con columnas grises de piedra. Gabriel se levantó también y los dos salimos hacia el exterior, hacia nuestros miedos.
Me detuve un momento frente al grueso barandal gris y después me subí en él con mis pies fríos, escuché cómo Gabriel me seguía y replicaba mis movimientos. Qué haces, me preguntó con desgane, Afronto mis miedos como tú, respondí.
Esperamos un tiempo parados en aquél borde, con la espalda hacia la nada.
Empezó a incrementar la luz, el Sol se iba mostrando ante nuestros cuerpos, después de tanto tiempo mi blanca piel fue estremecida por el calor de la luz del Sol, tal como mis ojos cerrados y cubiertos.
Gabriel me tomo con sus manos y me volteó hacia él, me quitó la venda negra, Abre los ojos, me dijo, y dirigiendo mi mirada hacia el Sol, los abrí lentamente, dos lágrimas rodaron por mis cobardes sienes desde mis ojos casi cegados, sonreí y di un respiro profundo lento.
Gracias Gabriel, le dije, cerré los ojos una vez más y dejando atrás una habitación llena de una vida llena de miedo y rencor, me dejé caer hacia el vacío de nuestros miedos encarados y encarnados, abrazando junto con Gabriel una muerte sin más que el final de las cosas del miedo, que anhelan o respiran sus miedos, como ciegos en una habitación sin luz.